“Arriba de una Bernardín”: restauró dos cosechadoras de los ’70 y las usa cada campaña junto a su esposa
14 de Junio de 2026
En los caminos rurales de San Vicente, en la provincia de Santa Fe, hay historias que se cuentan entre motores encendidos, polvo de cosecha y amaneceres eternos sobre el rastrojo. La de César Cignetti es una de ellas.
Productor y contratista agropecuario, construyó su vida alrededor de las cosechadoras y convirtió ese oficio en un proyecto familiar que emociona por su sencillez y autenticidad.
Desde hace 14 años comparte cada campaña con su esposa, Stella Vallejos. Cada uno arriba de su propia Bernardín M19, recorren lotes de la región mientras su hijo Gino crece viendo de cerca una pasión que atraviesa generaciones.
La escena se repite campaña tras campaña: dos máquinas trabajando a la par, una conducida por César y la otra por Stella, mientras el pequeño acompaña desde la cabina, observando cada maniobra y aprendiendo el valor del trabajo desde muy chico.
“Las máquinas siempre fueron mi pasión. Ya desde chico pensaba que algún día iba a manejar una cosechadora pero que esté armada a mi gusto. Por suerte, desde hace 14 años lo estoy logrando”, cuenta emocionado el protagonista de esta historia, marcada por la humildad y la grandeza.
LEGADO FAMILIAR Y UNA VIDA ENTRE COSECHADORAS
La relación de César con los “fierros” comenzó mucho antes de imaginar su propio emprendimiento. Nació prácticamente arriba de una cosechadora y aprendió el oficio de la mano de su tío abuelo, Salvador Rosario Cignetti, conocido en toda la zona como “El Doro”, un contratista emblemático de la región.
Un hobby productivo: Marcelo, el contratista de Rancagua que cosecha trigo con una máquina de 1960
“Mi escuela fue ahí arriba. Arranqué a los 15 años haciendo de todo: fui chimanguero, cocinero, tractorista, maquinista y también encargado de mantenimiento”, recuerda César, al describir aquellos primeros años en una estructura que llegó a tener una imponente flota de máquinas Senor identificadas con la clásica bota santafesina pintada en cada unidad.
Ese aprendizaje integral le permitió conocer el trabajo rural desde abajo y entender que detrás de cada campaña hay sacrificio, esfuerzo y muchas horas lejos de casa.
“Para mi esa fue mi Escuela, si bien yo cursé mis estudios primarios en un colegio agrotécnico, haber compartido con mi tío tanto tiempo fue lo que me enseñó en la vida”, destaca el entrevistado en diálogo con Infocampo.
Con apenas 22 años decidió dar el salto y empezar su propio camino. Vendió el auto y la moto para comprar un camión y comenzó a trabajar por cuenta propia, aunque sin alejarse nunca de las raíces familiares que le habían enseñado el oficio.
“Mi tío y mi abuelo me dieron la posibilidad de comprarle un camión que ellos tenían y usaban poco para que pueda independizarme. Así comencé a dar mis primeros pasos, aunque siempre cerca de ellos que me fueron inculcando la cultura del trabajo y el sacrificio en el campo”, manifestó.
BERNARDÍN, PASIÓN CONVERTIDA EN PROYECTO
El tiempo lo devolvió definitivamente a su gran amor: las cosechadoras. Así llegaron las Bernardín M19 que hoy son parte inseparable de su historia. Una modelo 1974 y otra 1975 que César no solo restauró, sino que también transformó mecánicamente para adaptarlas a las exigencias actuales.
Lejos de resignarse a las limitaciones originales de esas máquinas, decidió reinventarlas pieza por pieza.
Además, descubrió que una de ellas había sido el prototipo experimental que la empresa de San Vicente había probado a campo antes de que salga con fines comerciales. Ambas unidades, cuentan con motor Mercedes Benz 1114.
“Estas cosechadoras fueron diseñadas para otra época, cuando los rindes eran muy distintos. Yo las fui modificando para darles más capacidad y poder trabajar con la producción de hoy. El año pasado trillamos trigo de más de 5.000 kilos y las máquinas respondieron espectacular”, cuenta con orgullo.
Las reformas incluyeron mejoras en sacapajas, cilindros y sistemas internos, además de detalles pensados para el confort diario, como la incorporación de aire acondicionado en la cabina. Para César, las Bernardín no son solo herramientas de trabajo: son parte de su identidad.
UNA PAREJA UNIDA POR LA COSECHA
Pero si hay algo que vuelve especial esta historia es el vínculo familiar construido arriba de las máquinas. Hace 14 años, cuando Stella estaba embarazada de Gino, se animó por primera vez a manejar una cosechadora.
“Mi papá no estaba muy convencido al principio, pero ella me dijo que se animaba y que si tenía algún problema simplemente frenaba y me llamaba. Desde ese momento no se bajó nunca más”, recuerda César.
Desde entonces, cada campaña los encuentra trabajando juntos. Él en una Bernardín. Ella en la otra. Compartiendo jornadas larguísimas, caminos rurales y el orgullo de sacar adelante el trabajo en equipo.
La postal emociona todavía más cuando aparece Gino, que ya vive la cosecha como una parte natural de su vida cotidiana. Muchas veces acompaña a su mamá en la cabina mientras observa cómo trabajan sus padres, absorbiendo silenciosamente la pasión por el campo y los fierros.
“Le adapté a las máquinas unas fichas de USB para que Gino pueda cargar el celular, en estos tiempos, los chicos si no cuentan con la compañía de un celular extrañan la casa”, dice con una sonrisa.
EL VALOR DE LA CONFIANZA Y EL TRABAJO DE CERCANÍA
Aunque realiza trabajos de contratista, César eligió mantener una escala cercana y profundamente ligada a su comunidad. Maneja su propio campo de 170 hectáreas y presta servicios principalmente dentro de un radio de pocos kilómetros alrededor de San Vicente.
“No me gusta irme lejos. Trabajo cerca de casa y con gente conocida. Entre las dos máquinas hacemos unas 300 o 350 hectáreas por campaña y acá en la zona nos conocemos todos”, explica con aire campechano en protagonista de esta historia.
Esa relación de confianza todavía conserva gestos típicos del interior profundo. Tranqueras improvisadas con alambre, vecinos que esperan la cosechadora como parte de una rutina compartida y productores que siguen apostando a la palabra.
En tiempos en que el campo avanza hacia la automatización y las grandes escalas, la historia de los Cignetti conserva algo difícil de encontrar: la dimensión humana del trabajo rural. Una familia unida por la cosecha, por la pasión heredada y por esas Bernardín que, mucho más que máquinas, son el corazón de una vida entera dedicada al campo.